::: Bobadas escritas sin estilo :::

sábado, 19 de febrero de 2011

La República Hernández-Bonnetiana

Describir al colombiano en un adjetivo es imposible. Es como querer describir el sabor de toda la bandeja paisa en una sola palabra. Somos tan distintos entre regiones, que pareciera imposible establecer un rasgo universal. Pero al igual que la bandeja paisa, siempre hay algo en común, y en este caso el factor general es una reacción intestinal desagradable.

Pero, ¿Cómo sería el prototipo del colombiano promedio? ¿Sería acaso Uribe? ¿O de pronto Marbelle? ¿Qué tal si fuera Daniela Franco? O mejor aún, Pirry. Lo siento, pero no. Para desdicha de estos individuos, encontre a un personaje que sintetiza perfectamente lo que es ser colombiano. Se trata de Javier Hernández Bonnet. El gordito bonachón y ex-bigotudo que noche a noche nos acompaña (y atormenta) en el noticiero de Caracol. Así es. Soportado apenas por algunos pocos, y odiado por muchos. Y es que la razón de ese odio parece no ser evidente: Nos vemos reflejados en él. Él es lo que nosotros somos, pero odiamos ser. Javier Hernández Bonnet es Colombia. Y Colombia es Javier Hernández Bonnet.


Y a pesar de lo atrevida y controversial de esta afirmación, me permito anexar varios ejemplos que permitirán comprobar mi postulado de una manera más clara y convincente, para que dejemos de negar lo que somos y enfrentemos de una vez nuestra realidad.

El colombiano no se pierde la movida de un catre, como Javier Hernández Bonnet. Porque él siempre está ahí, robando cámara en cuanto evento hay. Que en el mundial, ahí está; que partido de Copa Libertadores del Oriente Petrolero vs. Tolima, ahí está; que partido amistoso de la suplencia de la selección Colombia Sub-17 contra el subcampeón de la Primera B de Mozambique, ahí está él. Robando pantalla y viáticos de Caracol. No importa la pequeñez del evento, Javier Hernández Bonnet siempre estará allí.

El colombiano es fantoche, como Javier Hernández Bonnet. Porque él se inventa palabras para expresar lo facilmente expresable. Porque cree saber de todo, cuando realmente no sabe de nada. Porque adorna sus ideas sin contenido con frases complicadas, palabras suntuosas y datos que no le importan a nadie. Él quiere ser lo que no es, y que tristemente (o afortunadamente) nunca será.

El colombiano es farandulero, como Javier Hernández Bonnet. Porque se le salen los comentarios de revista Aló/Carrusel/Cromos/Elenco/TV y Novelas/Caras en las transmisiones de los partidos. Le encanta ponerle el picante farandulero a sus comentarios en el noticiero. Le suplica al arbitro que respete al mozalbete de Shakira. Picaronamente habla de los líos de faldas de John Terry, con ese sonrojo característico de viejita chismosa que se relame al escuchar a las ponzoñosas retahílas de la Negra Candela.

El colombiano es parcializado, como Javier Hernández Bonnet. No existe en el mundo nadie más recargado que él. Para él todos los árbitros están siempre en contra nuestra, todas las tarjetas amarillas que les sacan al seleccionado cafetero son injustificadas. Todos sus comentarios están descachadamente afilados hacía los rivales de sus equipos amados. Es el Oscar Julián Ruiz del periodismo deportivo.

El colombiano es morbosón, como Javier Hernández Bonnet. Porque al terminar su sección deportiva en el noticiero, siempre lanza comentarios picarones y miradas lujuriosas y descaradas a las presentadoras del "entretenimiento", quienes con una sonrisa fingida e hipócrita, esconden las nauseas provocadas por el comportamiento libidinoso del ilustre "periodista".

El colombiano es patriota... pero patriota barato, como Javier Hernández Bonnet. Porque él profesa ese colombianismo de dos pesos, ese patriotismo de Uribe, de Colombia es Pasión, de SalvArte, del sombrero vueltia'o en el aeropuerto. Porque Javier Hernández Bonnet es un ciego que no ve por otros ojos que no sea el del tricolor chibcha. No importa cuán mal jueguen, cuan mediocres sean, para él siempre son los perfectos guerreros patriotas.

El colombiano es un ser político, como Javier Hernández Bonnet. Porque él, a pesar de estar rodeado de los lujos y viáticos que Caracol le amablemente brinda, desinteresadamente se lanza al congreso a luchar por nosotros, por los derechos de cada ciudadano de su querida patria. Lo admito, estuve ciertamente tentado a regalarle (no darle, regalarle) mi voto, para que así nunca tuviera que volverlo a ver presentando el noticiero, comentando partidos, saliendo en algún comercial navideño de Caracol o como jurado de Sábados Felices, por lo menos en cuatro años. Pero mi conciencia fue más fuerte. Cómo me arrepiento de no haberle regalado mi voto.

El colombiano es imprudente, como Javier Hernández Bonnet. Porque él, aderezado con sus inmensos audífonos y cargando su micrófono como antorcha, se mete al campo de juego justo apenas el arbitro pita. Con quirúrgica sevicia, busca al jugador emocionalmente más inestable y lo acecha con preguntas innecesarias e hirientes. Es como si sumergiera su dedo índice en afilados cristales de sal marina para luego hincarlo dolorosamente en la herida aún sangrando de su agonizante víctima.

El colombiano es metido, como Javier Hernández Bonnet. Porque interrumpe constantemente a aquellos miserables que tienen la desgracia de ser sus entrevistados. Porque como si fuera la excusa para validar su jugoso cheque quincenal, mete la cucharada cada 30 segundos en las narraciones futboleras para añadir sus insulsos y pretenciosos comentarios que poco o nada aportan al televidente.

El colombiano es folcórico, como Javier Hernández Bonnet. Porque orquestaba el "Colombia Tierra Querida" en mitad de los partidos de la selección. Le alcagüeteaba la payasada a don William Vinasco Ché, y además, con su idílico deseo de participar en todo, adornaba los comentarios con frases sin sentido. Como la cerecita del pastel, o en este caso, la breva en el majar blanco. Es más, incluso fue caricaturizado con el "corresponsal Davivienda" que tristemente tuvo mucho más éxito que el propio Hernández Bonnet.

El colombiano es ignorante, como Javier Hernández Bonnet. Porque de su boca lanza a borbotones innumerables dosis de estupideces con la serenidad y seguridad que solo los ignorantes poseen y atesoran. Les ha dicho "keniantas" a los kenianos, confunde datos, fechas, equipos, nombres y apellidos, especialmente en deportes que la gente bien sigue y practica. Deportes con los que no está familiarizado, por su caracter populacho y futbolero.

El colombiano es "recochero", como Javer Hernández Bonnet. Porque suelta carcajadas en los especiales del día de los inocentes. Saca apuntes de ese humor barato y simplón, al estilo de Sábados Felices. Se burla con pericia de los infortunios y descaches de sus compañeros de trabajo. Es ese perfecto complice en la "guachafita".

El colombiano es nostálgico, como Javier Hernández Bonnet. Porque con voz entrecortada rememora las hazañas del Pipa de Ávila, el Pibe, Valenciano, Pelé, Cryuff, entre otros menos conocidos, y las compara con descaro con los tristes golpeteos de recién-aparecidos con el triste objetivo de tener algo que decir mientras el narrador toma un sorbito de agua.


El colombiano es mediocre, como Javier Hernández Bonnet. Aceptémoslo, los periodistas deportivos no son los más brillantes comunicadores sociales. Si fueran buenos, estarían haciendo crónicas en Semana, reportajes en SoHo o columnas en El Espectador. Sin embargo, Javier Hernández Bonnet no solo se dedica a la rama más baja lúgubre del periodismo colombiano, sino que no brilla en ella, vive a la sombra de los demás y no es respetado por ningún colombiano.


En este orden de ideas, propongo solemnemente el imperativo cambio de nombre de nuestro país. Colombia, como nombre, es una farsa, porque el señor Cristobal Colón (o Christoffa Colombo en su nativo genovés) a quien se le rinde homenaje en dicho nombre nunca fue capaz de poner un pié en nuestro territorio. Ahora bien, con el objetivo de hacer algo realmente congruente con la ideología de este país y su gente, me permito proponer el nombre de Hernández-Bonettia (al estilo del nombre Bosnia-Herzegovina) al territorio conocido hoy como Colombia. Porque nos merecemos un nombre que diga lo que tristemente somos.

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