::: Bobadas escritas sin estilo :::

viernes, 24 de junio de 2011

Fue mi Primera Vez.


Si uno es tan ingenuo de querer conocer Montreal y asistir al Gran Premio de Canadá en un mismo fin de semana, tiene que hacerse la idea que eso nunca será posible. Montreal es gigante y la carrera es absorbente y adictiva.


Después de 8 horas hacinado en un bus, salí directamente del terminal de buses de Montreal hacia el metro, para ir a la estación Jean Drapeau, donde se desembarca para cruzar el Pont du Cosmos que conecta la Isla St. Helen con la de Nôtre Dame. Los rios de gente en el metro me recordaron Transmilenio, solo por un momento.

Todo es muy canadiense por allá: caos mitigado y perfectamente señalizado y ordenado. Al entrar al circuito (que en realidad siempre ha sido un parque dentro de una isla), me recibieron en el fondo los rugidos de los Ferrari F430 y 450 Italia del Ferrari Challenge. Al llegar a la tribuna 21 y sentarme, simplemente alcancé a ver un ultimo par de autos girando las practicas libres. Oficialmente ya estaba en un GP.



Minutos más tarde, mis oídos perdieron su virginidad de F1 con un Lotus. Team Lotus, para ser más exactos. Estuve en el Red Bull circuito Bogotá y tuve el monoplaza austriaco incluso más cerca, pero la experiencia no es la misma. No recuerdo qué Lotus abrió pista, si fue Heikki o Jarno, la verdad estaba tan emocionado que ni cuenta me dí. Estaba extasiado por el sonido del V8 de 2.4 litros, que desde la recta anterior a la horquilla venía taladrándome los oídos. El ruido es indescriptible, es toda una melodía. Sin miedo a equivocarme, ese ha sido el sonido más hermoso y placentero que he escuchado en toda mi vida. A la salida de la horquilla, el ruido era aún mas ensordecedor, y la los monoplazas hacían vibrar las tribunas y el mismo suelo. Es una experiencia única. Los más ortodoxos compraban tapones de oídos. Yo por mi lado, no me iba a privar de ese delicioso y nocivo placer.

En las prácticas intenté tomar fotos, pero es una tarea inútil. Mientras uno obtura, los carros ya van en el muro de los campeones. Así que me di a la tarea de disfrutar la experiencia. A disfrutar ese sonido gutural de los escapes mientras los carros desaceleran, pasando de ir como flechas a casi detenerse por completo. Es increíble presenciar el poder de frenado de un F1 en toda su magnitud. Era tal el espectáculo que a uno dejaba de importarle quién iba de primero en los tiempos. En parte ayudado a que las pantallas gigantes en realidad no eran ni muy gigantes ni de buena resolución ni muy cercanas a las tribunas. Era un karma distinguir los mismos diminutos números al lado izquierdo que vemos en los televisores en Fox Sports.


Toda la tarde se evaporó ahí. Se me olvidó almorzar, se me olvido tomar algo para mitigar el sol, se me olvido que ya no tenía batería en el celular y que no tenía energía para recorrer media ciudad y hacer el check-in en el "hotel" de las residencias de la U de Montreal. Eso si, me dí mi vuelta por el circuito para ver las churras hermosas de las boutiques de Red Bull y McLaren y las de los stands de Bud Light y Hotwheels.

El nublado sábado fue la misma rutina, llegué un poco más temprano, con la maleta llena de mecato y un buen sixpack. Para las terceras prácticas, las tribunas estaban más llenas que las que uno ve en las carreras de China, Turquía o Bahreín. Para la qualy estaban al 80%. Muy pocos celebramos la pole de Vettel. Los tifosi y los seguidores de Hamilton eran mayoría. Mexicanos por doquier, en plan familiar (grave error) se quedaron aburridos al ver que de la Rosa se quedaba con el asiento de Perez.

Me podría poner con detalles, pero tal vez nunca acabaría esta entrada. Más aún si describo la carrera. Pasaron mil cosas. Gente por doquier, tribunas a tope. Había llovido antes, pero con levedad, nada grave. Todos abucheamos al unísono cuando el narrador francófono anunció que la carrera partiría detrás del Safety-Car. La lluvia iba y regresaba, los paraguas se abrían y se cerraban. La lluvia volvió pero esta vez no se quiso ir. Mi sombrilla no aguantaba el ritmo. Mi maleta estaba empapada, mi chaqueta también y ni qué decir de mis zapatos. Pararon la carrera, y el publico esperaba que la lluvia cesara. Qué ilusos fuimos. Huí de las tribunas a refugiarme junto a otros aficionados debajo de ellas. Por razones de seguridad (Canadian style), nos sacaron de allí. Ahora podríamos escoger libremente donde mojarnos. Los rumores de la cancelación de la carrera iban y venían por twitter y entre los mismos aficionados. No sé la verdad cuánto tiempo estuve mojándome y tiritando debajo de un árbol con mi morral con mi MacBook, mecato y la ropa de 3 días sobre mis hombros.

Al sentir cómo cesaba la lluvia, subí de nuevo a la tribuna. No sé cuánto esperé allí. Tenía mojado hasta el cerebro. Sin embargo, las tribunas se llenaron de nuevo cuando se anunció el reinicio de la carrera. Calculo en un 30% los disidentes a causa de la lluvia. Lo que pasó en la carrera lo saben mejor ustedes que yo. Lo único que puedo decir es que juntos, los tifosi y los leales de Woking celebraron como enajenados el despiste de Vettel y la victoria de Button. No tuve más remedio que levantarme y aplaudir al campeón de 2009, que dio una soberana lección de conducción. Acepte la derrota del joven maravilla, eso si, dándole un merecido aplauso que se perdió entre los abucheos de la mayoría.


Una vez concluída la carrera, un grupo de masoquistas nos escabullimos a la pista. Caminaba pisando la pista que campeones como Hamilton, Vettel, Button, Alonso y Schumacher acababan de vapulear con los neumáticos de sus autos. Pude ver en las pantallas la cara de desconsuelo de Vettel mientras recorria cada rincón del pavimento canadiense. Caminé pacientemente la droit du casino hasta el final para rendirle culto a una de mis zonas favoritas de todo el automovilismo: La chicana y el muro de los campeones. Inspeccioné detalladamente los bordillos y me estrellé ridículamente en el muro de llantas, en un blasfemo intento de remedar a las glorias del deporte. Me dirigí a la entrada de boxes a tomar fotos de los monoplazas en parque cerrado, y caminé hacia la recta principal, donde el atractivo popular era el Salute Gilles pintado justo delante de la línea de meta. Y fue a pocos metros de allí donde la lluvia cayó de nuevo. Esta vez más agresivamente que antes. Sin donde refugiarme, abrí mi sombrilla y di marcha atrás.

Dejé la pista. buscando el anunciado ambiente festivo post-carrera que lamentablemente la lluvia se había encargado de arruinar. Con los puestos de comidas, cerveza y souvenirs cerrados, me vi obligado a dejar el circuito. O el parque-circuito. Que, la verdad, para ser el resto del año un parque público, esta impresionantemente adecuado con una logística supremamente compleja. No es perfecto, tiene sus cosas, pero es lo más perfecto que se puede lograr en un espacio que no fue diseñado para servir como autódromo.

Poco menos de 12 horas después estaba en Toronto, igual de mojado y con la misma ropa que tenía cuándo dejé la isla de Nôtre Dame; completamente abrumado, sin poder digerir una sobredosis de experiencias que nunca olvidaré.

Un Gran Premio de Fórmula 1 no es para todos. Si ustedes quieren ver la F1, no hay nada mejor que verla en la comodidad de sus hogares, en HD, con comentarios de expertos y el portátil al lado con los tiempos de la página web de la F1. Pero si ustedes quieren realmente experimentar la Fórmula 1, escucharla, olerla, sentirla, saborearla; vale la pena totalmente pagar la entrada para ir a la carrera de la máxima categoría del automovilismo mundial.


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